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Escape a la Victoria

Mahmud Sarsak, jugador de la selección de Palestina y preso desde 2009 sin haber cometido ningún delito, reclama su libertad con una huelga de hambre que comenzó el 19 de marzo

Mahmud Sarsak pensó que agarrar ese bolso iba a ser mucho más que un salto a la gloria. Tenía que armar las valijas e irse de Gaza. Era un pálpito: la chance de irse a jugar al club Balata, de Cisjordania, era abrir un abanico de un arcoíris de posibilidades. Una liga mejor. Un nuevo paraíso para él y para su entrañable compañera: la pelota. Un sueño, que él nunca imaginó que lo dejaría cerca de la muerte.

Era un paso. Un paso más que él, y muchos de su entorno, entendían como un generador de muchos otros pasos. Era salir a caminar por otros potreros. Era proyectar, a sus 22 años, la posibilidad de armarse como un profesional de mayor rango, justo ahora que ya estaba consolidado como jugador de la selección de Palestina. Era darle una mejor vida a su vida. Era, hasta que dejó de serlo, porque en el momento en que él y su bolso intentaron viajar, todo se terminó. En el camino hacia su nuevo club, en la ciudad Raffah, al sur de la Franja de Gaza, el 22 de julio de 2009, un conjunto de militares israelíes lo detuvieron sin advertir en él un solo delito. Tan sólo por aplicar la ley de combatientes ilegales, que rige en Israel para con los palestinos que intentan cruzar.

Desde ese día, la vida de Sarsak dejó de tener que ver con el fútbol.

Y no porque él lo pensara así, ya que cuando lo detuvieron imaginó que todo lo que estaba sucediendo sería parte de un proceso lento, pero breve. Sino porque todo fue peor. Nadie le dijo nada: ni siquiera los que lo detuvieron. Nadie le explicó por qué se lo llevaban. Ni nadie, absolutamente nadie, se acercó a darle razón alguna cuando el gobierno de Israel decidió expandirle su detención, primero, por seis meses más. Después, hasta –todavía- hoy.

Sarsak comenzó a desesperarse. Empezó a perder la paciencia. Sintió que sus piernas ya habían perdido el control de la pelota y se la jugó: el 19 de marzo de este año, comenzó una huelga de hambre para intentar salir. Pero no funcionó. “Bajó 25 kilos, perdió sensibilidad, ya no escucha y es probable que deje de ver”, comentó una representante de una ONG que intenta ayudarlo.

La obsesión por salir, la desilusión de todo lo que no fue, la tristeza de estar encerrado sin haber cometido ningún delito, la bronca por nunca haber llegado al club al que quería llegar, siguen siendo el motor de Sarsak para pelearle. Sigue encerrado. Sigue en huelga de hambre. Sigue sin encontrar razones de por qué está ahí. Pero nada de eso, por ahora, encuentra soluciones. Nada lo rencuentra con la pelota.

 

Fuente: http://www.11wsports.com