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Pearl Jam renovó su ritual en La Plata

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Música 9 Nov

Cada vez que viene Pearl Jam algo raro pasa. Por más que pasen los años, por más que cambie el mundo, los discos y la lista de canciones, es como si el tiempo no hubiera pasado.

Cada vez que viene Pearl Jam algo raro pasa. Por más que pasen los años, por más que cambie el mundo,  los discos y la lista de canciones, es como si el tiempo no hubiera pasado.

El ritual siempre es el mismo, pero con mínimas variaciones: nosotros cantamos, ellos cantan, y después nosotros cantamos más fuerte. Fue la cuarta vez que Vedder y compañía aterrizaron en nuestro país, después de Ferro en el 2005, La Plata en 2011 y un Pepsi Music en 2013, y como siempre, no fue un recital más.

Eran las nueve y el escenario seguía vacío, algún que otro aplauso o un canto se encendía pero moría al rato. La música de fondo amagaba a terminar y empezaba de nuevo. Y de repente, silencio. Sonaron las primeras notas de Master & Slave, la apertura del disco Ten, y el estadio se encendió. Todo lo que importaba estaba entrando en el escenario.

Desde los primeros tres temas se hizo claro que los muchachos no estaban para nada apurados. Pendulum, Low Light y Elderly Woman abrieron un recital de casi tres horas, donde repasaron gran parte de su discografía. A pesar de tocar todos los temas básicos para satisfacer al que iba por primera vez, Even Flow, Alive (casi al final, ya nos estaban asustando) y Jeremy entre otras, los clásicos no fueron protagonistas de la noche. Fieles a su estilo de no decepcionar y de dar un show distinto cada vez, los Pearl Jam regalaron al público algunas rarezas como Grievance, WMA (mezclado con Daughter), y el que fue para muchos el momento más emocionante del recital: Footsteps.

Hubo covers también. Imagine de John Lennon sonó en medio de un mar de celulares y encendedores, I Believe in Miracles, de los Ramones, hizo estallar el estadio. Y otros menos comunes, como Leaving Here, de Edward Holland Jr. y Baba O’Riley, de The Who, sorprendieron a todos en el estadio.

Cualquiera que haya presenciado a  Pearl Jam en vivo sabe que gran parte del recital viene de su interacción con el público. Toman y dan. Las remeras, regalos y banderas vuelan hacia el escenario tanto como las panderetas, púas, encendedores y alguna que otra armónica vuelan de vuelta.

“Nos pone muy contentos ver a tantas chicas acá adelante, porque eso significa que están portándose bien y siendo buenos vecinos.”, alentó Vedder después del segundo encore, “Así que queremos felicitar a las chicas fuertes y los muchachos más fuertes que las están protegiendo”. Acto seguido levantó, en medio de la ovación del público, un cartel que rezaba #NiunaMenos, antes de embarcarse en dos para las chicas: Leaving Here y Better Man.

Pasadas las dos horas la energía no parecía disminuir. En el campo, cada vez más gente se acercaba al escenario y menos gente salía. Mientras tanto en el escenario, Vedder rugía y Mike McCready descosía solos improvisados como sin esfuerzo. Jeff Ament se paseaba a los saltos de izquierda a derecha  con sus incontables bajos, mientras del lado derecho Stone Gossard, la mente maestra silenciosa, dirigía la orquesta, con el siempre sonriente Boom Gaspar detrás. Y desde su pedestal, la bestia que es Matt Cameron observaba todo y mantenía el tiempo sin flaquear.

Cerrando el recital, ya empapados de música y sudor, Indifference suplantó a la ya establecida Yellow Ledbetter como canción de despedida, junto a la promesa “nos vemos el año que viene” (¿con disco nuevo?), gritada por Eddie Vedder.

“Gracias por hacernos sentir tan grandes”, balbuceó en algún momento Vedder en castellano. No Eddie, gracias a ustedes. Y hasta la próxima.

Por: Ignacio Nicholson
Fotos: Ornella Capone

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